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En los tiempos que corren y con las modas que nos invaden, soy consciente que emplear símiles militares no es lo más recomendable. Pero no he encontrado una expresión más gráfica para describir las acciones precisas en momentos extremadamente críticos.

Cuando una empresa se enfrenta a desafíos límite en su continuidad, el empresario y sus directivos se ven en la necesidad de encarar con fiereza y decisión una lucha de mucho riesgo y trascendencia. Sirva como ejemplo la declaración voluntaria de concurso, donde la continuidad depende de el encauzamiento de una situación desastrosa en un entorno hostil.

Al margen de las consideraciones legales, el capitán del barco deberá prepararse para negociar con acreedores, administraciones y bancos un acuerdo suficiente para reconducir las excesivas cargas de pasivo. Una dura negociación que pasará por identificar los motivos reales del presente, las medidas que se van a tomar y el plan de viabilidad que se compromete para su encauzamiento.

Aquí ya no valen paños calientes ni actuaciones con resultados a largo plazo. Deberá aportarse entereza y coraje para encarar el problema y la adversidad. Habrá que asimilar la situación y superar el impacto anímico de un fracaso empresarial. El punto de partida es concluir que el fracaso es fortuito y temporal, que el negocio es viable y que las circunstancias que lastran la operativa son negociables y superables.

En éste entorno las decisiones han de ser firmes, dejando a un lado lo conveniente y acometiendo lo imprescindible. El camino será más duro de lo nunca imaginado. Se operará en un entorno donde se reducen drásticamente los plazos de pago a proveedores, con la imagen comercial dañada, desmotivación creciente de la plantilla, cierre del grifo financiero y un largo etcétera de adversidades.

Son momentos donde las teorías de la implicación se contrastarán de verdad. Observaremos la fuerza de las palabras y de las declaraciones de intención del equipo que nos rodea. El powerpoint deja paso a las actuaciones en la cruda realidad.

Nuestra armadura deberá resistir las críticas, internas y externas, con la convicción de que estamos haciendo lo imposible por el bien del proyecto y del conjunto. En el camino dejaremos plumas y muchos abandonarán el barco, pero los que se mantengan firmes superarán el fracaso.

Una vez garanticemos el plato diario de lentejas en la mesa, ya habrá tiempo de disfrutar de las sesiones de ópera.

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