Hoy quiero compartir con los lectores unas reflexiones sobre un concepto intemporal,  asignatura obligatoria en mi Universidad: la deontología profesional y empresarial.

En muchas ocasiones nos encontramos ensayos, tratados, publicaciones y hasta corrientes de pensamiento sobre las personas, las organizaciones, la dirección de recursos humanos y mucho más. En todos hay un denominador común: la ética, pero también el pasar de puntillas sobre su significado, lo importante de su ejercicio continuo y las consecuencias de su ausencia.

Hace tiempo escuché al Profesor Abadía en una entrevista sobre las causas y las respuestas a la crisis que nos ha nacido (como es lógico tras sembrarla y regarla en abundancia). Después de algunas explicaciones y de una exposición preclara, el Profesor repetía, con plena convicción, que lo que vivimos y su solución, o la falta de ella, está en las personas.

Estoy de acuerdo con él, de nada sirve aplicar parches mediáticamente aparatosos, inyectar sangre nueva, cambiar los sistemas. Detrás y delante de todo siempre hay, ha habido y habrá personas.

Hay personas con ambición desmedida y egoísmo (también egocentrismo) que no pararán en detalles (¿consideran la ética un detalle?) para lograr sus fines, sus bonus o la rentabilidad máxima a corto plazo.

A su alrededor otras personas ensalzan su éxito social, económico y profesional. Estamos en un momento de preguntarnos si no estamos sufriendo los resultados de comportamientos alejados de los más básicos principios de la deontología profesional. Los manuales nos enseñan, a menudo, que uno de los pilares del éxito empresarial duradero es la ética de las organizaciones que emana, indefectiblemente, de la que practican quienes las integran y las dirigen.

Asistimos a la incorporación de un nuevo vocablo, que va camino de convertirse en una muletilla: “subprime” (nivel de riesgo de impago superior a la media del resto de créditos). Según parece, se ha producido un exceso (abuso) de concesión de éste tipo de créditos y ello ha supuesto la obtención de diversos resultados: aumento de negocio bancario, mayor actividad inmobiliaria, cobro de incentivos por parte de ejecutivos financieros, posterior crisis financiera internacional, inyecciones multimillonarias de fondos públicos, y mucho mas.

Al profundizar en esta situación no es difícil descubrir un poso de comportamientos alejados del buen hacer empresarial, de la deontología profesional, de la responsabilidad social corporativa (interesante concepto en estos momentos). Y detrás de todo: personas.

Es ahora cuando volvemos la vista hacia esos miles de profesionales y empresarios discretos, alejados de los focos de la vistosidad social, casi tímidos, que hacen de su día a día un ejemplo de integridad, honestidad, en definitiva, que llevan la ética personal y empresarial como un elemento imprescindible en su quehacer cotidiano. Todos conocemos a muchos así y ahora, más que nunca, es cuando necesitamos que vuelvan a ser mayoría.

Asistiremos a muchas tomas de decisión efectistas (veremos cuan efectivas en la práctica), sin embargo la solución está dentro de cada uno de nosotros, en las personas y no solo en las dotaciones presupuestarias. Como en todos los ámbitos habremos de resolver el verdadero problema de fondo si queremos recuperarnos de verdad.