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Hace no mucho tiempo la Consejera Delegada en España de una multinacional de electrodomésticos nos respondía a una pregunta con trampa: ¿como conciliaba una mujer casada y madre de tres hijos su vida personal y profesional?.

Su respuesta fue tan directa como contundente. Explicaba que el cambio decisivo en su enfoque se produjo cuando decidió que su concepto de éxito lo definiría ella misma, apartándose de lo que otros pudieran considerar como triunfo deseable.

Cada decisión, personal y profesional, se valora en su conjunto y con todas las consecuencias. No se emprenden nuevos caminos, o se corrige la ruta, sin tener en cuenta la opinión y el impacto en ambos ámbitos. No se trata de supeditar lo profesional a lo personal, o viceversa. Consiste en admitir que todo forma parte inseparable de uno mismo.

He sido testigo, y protagonista, de tremendos fracasos por priorizar una de las dos facetas que conforman la apasionante aventura que es la vida. Por supuesto que ésta prelación se presenta acompañada de no pocos argumentos: dinero, progreso, expectativa de tiempo libre futuro, dedicación a la familia, realización personal, etc..

Mucho hablamos sobre planes de empresa, objetivos, visiones y demás. Ser honestos a la hora de que nuestro concepto de éxito (íntimo y personal) coincida con el que exponemos y pretendemos en nuestra empresa, es requisito fundamental si queremos lograrlo. Lo contrario es una pose que responde más a lo que vemos en el entorno y nos dejamos inculcar como deseable.

Atreverse a convertir nuestro modelo de triunfo vital en objetivos empresariales es conciliar sin complejos.

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