En nuestro entorno actual se han acuñado un conjunto de expresiones que se repiten con frecuencia en los foros empresariales y que, en algunos casos, no llega a profundizarse suficientemente sobre su alcance en la gestión cotidiana.

Una de éstas es la “creación de valor”. Parece que su cumplimiento debe ser un axioma y cuestionarlo un sacrilegio. Sin embargo, cuando se trata de aplicarlo en la dirección de la empresa y en la toma de decisiones, moldeamos el concepto según la realidad inmediata.
Entendemos, en ocasiones, que la creación de valor surge de la mera obtención de resultados, del incremento de ventas, de la reducción de gastos, etc. Es cierto que todos estos factores son ingredientes del valor de una Compañía, si bien hay muchos otros no tan evidentes a considerar y cuidar si tomamos la creación de valor como guía de gestión.
El valor de una empresa, al igual que el de un producto, se concreta cuando sale al mercado y se traduce en un precio cierto. No significa esto que se deba poner en venta para conocer su valor, pero si que deben tenerse en cuenta aquellos parámetros que convierten una opinión teórica sobre lo que puede valer en lo que vale.
Contar con un buen modelo de negocio supera en importancia a las ideas clásicas de crecimiento por vía de facturación. Se trata de aplicar un modelo que relacione la idea de negocio con los elementos que lo definen: proveedores, clientes, instalaciones, relaciones laborales, finanzas, entorno, etc. De ahí que el mejor modelo de negocio no es el que supone un mayor crecimiento, sino el que conlleva más fácil y rápido la generación de beneficios en un marco de sostenibilidad.
Surge así uno de los elementos clave en la generación de valor: sostenibilidad de la generación de beneficios a medio y largo plazo. Puede afirmarse, sin temor, que la sostenibilidad es más importante que el crecimiento.
Una vez fijada ésta premisa, se hace más sencillo contrastar las decisiones de inversión, de gasto, de contratación, etc. con el objetivo subyacente para todas ellas. Al elaborar planes, tratamos de obtener una referencia que nos permita recorrer un camino dirigido a lograr diferentes objetivos. Todos los objetivos, según el criterio expuesto, se reducirán y habrán de contribuir a uno solo: la creación de valor.
Dado que de empresa estamos hablando, será valor para el accionista. De el se derivarán valores inseparables para todos los actores que se hallen relacionados con la organización: directivos, empleados, clientes, proveedores, entidades financieras, etc. No conviene simplificar el concepto de valor y reducirlo a términos exclusivamente financieros o expresiones de plusvalía.
La consecución del objetivo, así definido, es el que pondrá de manifiesto empresas atractivas en situaciones muy distintas: continuidad, participación de nuevos socios, alianzas, enajenación, acceso a fuentes de financiación, …
Este enfoque nos lleva a ser vigilantes con la realidad de creación de valor, pero en ningún caso esclavos de un concepto teórico

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