20140210-071111.jpgA la hora de lanzar un producto o servicio la elección entre una oferta genérica o su personalización es un debate recurrente.

La tendencia habitual es a producir un standard, con la opción de configurarlo a medida. Se satisface, así, la propensión humana a sentirse diferentes a los demás. Nuestra adquisición responde a nuestros gustos, intereses y necesidades. Sin embargo, hay un punto de inflexión que debe tenerse en cuenta y es que ofrecer muchas opciones provoca duda en el cliente y retrasa, si no excluye, la venta.

En los servicios empresariales ocurre algo similar. Cuando se busca una solución para mejorar los procesos internos, se procura encontrar alguna que pueda identificarse con el sector de actividad. No importa que con la misma herramienta se de respuesta a otros, atrae que contemple las particularidades de lo que hacemos. Que sus conceptos sean los que se emplean en el negocio, que cubra los ciclos conocidos.

Es cierto que elaborar múltiples opciones complica el proceso de producción y el mantenimiento posterior. Por ello ha de mantenerse un equilibrio entre los costes de desarrollo y la demanda del mercado. Los extremos no son deseables: ni tratar de que nos compren lo que producimos sin escuchar al cliente objetivo, ni ser esclavos de cada tendencia.

No debemos olvidar que es humano considerar que lo nuestro es diferente. En ocasiones, un simple retoque estético o de vocablos hace maravillas.

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