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De todo se aprende. Los errores nos ayudan a mejorar. No tropezar dos veces en la misma piedra.

Estas frases y muchas otras son recurso habitual cuando identificamos un fallo, ya sea nimio o importante. Aparecen a modo de bálsamo para recordarnos que lo humano es imperfecto. Toda decisión implica riesgo de fracaso. También es cierto que hacen más llevadero reconocer que nos hemos equivocado, algo que no gusta a nadie. Ayudan incluso a minimizar los fallos frente a otros que habíamos implicado en nuestras acciones.

Hemos de aceptar que cometemos errores. Formalmente todos suscribimos lo anterior, realmente sólo los fuertes lo hacen con sinceridad. Hemos de aceptarlo, pero también ser capaces de corregir.

Detectarlo y diagnosticarlo serán nuestros aliados para avanzar. No siempre lo hacemos con atino. En ocasiones aumentamos el error por no identificarlo correctamente. Centrar nuestros esfuerzos en corregir lo mal detectado o mal diagnosticado puede ser peor que la verdadera desviación.

Asumir la propia responsabilidad supone no buscar pretextos o culpables en aquello que nos atañe o en personas que nos incumben. Sustituir la responsabilidad por excusas no es el camino. Ya llegará el momento de identificar culpables y el de hallar soluciones.

Recurrir al instinto es un método recomendable. Se identifica con la fidelidad a uno mismo.Nos ayudará en el camino del pensamiento positivo. La pura razón nos puede llevar a tratar de cumplir demasiados objetivos personales y sociales. Debemos matizar bien el impacto social, pues no siempre se pude quedar bien con todo el mundo.

Si hay que pedir ayuda, se hace. A veces nos centramos tanto en el error que no contemplamos otras alternativas más beneficiosas. Con frecuencia, éstas llegan por otras personas.

Al principio, el error nos puede crear un gran trauma que nos cierre los ojos a las opciones de mejora. Esta actitud debe cambiarse. De nada sirve todo lo anterior si no cogemos el toro por los cuernos con la decisión de encontrar la solución precisa.

Y, por supuesto, nunca rendirse. Los aciertos y los errores son epígrafes de un libro mucho más amplio. Hemos de seguir escribiendo cada día hasta que se nos agote la tinta. Quien usa la pluma y emplea tinta echará borrones, pero si los reconoce, se enfrenta a ellos y los corrige, al final de sus días habrá redactado un buen libro.

 

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